Las inquietudes del canario Amador
Título: “Las inquietudes del canario Amador”
Autor: Lorenzo Doreste Suárez
Edición del autor
344 páginas, formato 21 x 15 cms.
P.V.P.: 15 euros
Amador, un canario del campo, nos cuenta su vida:
El canario Amador, foto de Julio León.
Soy un canario de Utiaca. Aquí rompí el cascarón y aquí he pasado la mayor parte de mi vida. Acabo de cumplir cinco años. Algunos jóvenes presuntuosos dicen que soy muy viejito. Yo les contesto que no me siento viejo; que si hay pocos canarios libres, tanto machos como hembras, que sean tan viejos como yo, no es debido a deficiencias de nuestro cuerpo, pues éste, si se le trata bien, puede llegar a los diez años de edad.
Las maldades de los escupefuegos, las inclemencias del tiempo, las aves de rapiña, la lucha por conseguir el sustento… Todas estas adversidades hacen que nuestra vida sea corta. La mayoría de los canarios libres no vive más de cuatro años. En cambio, esos canarios que los escupefuegos guardan en prisiones pueden vivir diez, porque llevan una vida muy tranquila. Yo, sin embargo, no los envidio. Yo jamás hubiese cambiado mi libertad ni por prolongar mi vida ni por todas las comodidades que me hubiesen podido ofrecer los escupefuegos.
Tunero, el herrerillo valiente, foto de Julio León.
Un día muy caluroso, poco después de que Cardoso se casara con Rosablanca, iba yo barranco arriba, hacia poniente, y vi al herrerillo posado en una rama de un árbol. Me dispuse a aprovechar la oportunidad de hablar con él.
Era un adulto joven. Su coloración era muy llamativa. El píleo, las alas, el dorso y la cola eran azules; el vientre, amarillo; y las mejillas, blancas. Una franja negra pasaba por los ojos y llegaba hasta el mentón rodeando la nuca y las mejillas. Sobre dicha franja negra una lista blanca rodeaba toda la cabeza. En resumen, que era una coloración singular, inconfundible. Estaba yo observándolo sin que él me viera cuando oí una voz de pájara joven que llamaba con un poquito de ansiedad:
− ¡Tunero, Tunero!
No era una voz de canaria. Procedía de otra clase de pájara, quizás una herrerilla.
Una abubilla, foto de Gerardo García Casanova
Al oír su canto sin verla pensé que era un ave como nosotros. Cuando la vi me quedé asombrado, porque su longitud era superior a la de dos canarios situados uno detrás del otro. La abubilla es el ave más llamativa y más curiosa que he visto en mi vida: La coloración de su cara y su torso es pardo rosada. Sus alas y su cola tienen un listado blanco y negro. Pero lo más llamativo es la cresta de plumas. Mi padre hizo un ruido a propósito y la abubilla se puso alerta, elevó las plumas de la cresta. Estas plumas, cuando nacen de la cabeza tienen una coloración sonrosada; luego viene un listado blanco y al final las puntas son negras. Mi padre me explicó que dichas plumas son eréctiles, porque la abubilla puede subirlas y bajarlas a voluntad. Las sube cuando está en alerta o en la excitación del cortejo. Las baja en los ratos de tranquilidad.
Un mirlo, foto de Gerardo García Casanova
− Estos mirlos son muy agresivos ¿verdad?
− ¿Lombricero agresivo? No. Se ha pasado al enemigo.
− ¿A qué enemigo?
− A nuestro mayor enemigo: los escupefuegos. Suele ir a la construcción de un escupefuego que le da de comer. Lo habitual es que los escupefuegos, con sus poderosas garras, planten árboles para comerse sus frutas. Los mirlos sienten predilección por las frutas jugosas, como uvas, manzanas, nísperos, albaricoques y ciruelas. Los escupefuegos, llevados de su brutal egoísmo, les dan a los mirlos comidas de muerte. Este escupefuego ha hecho una excepción con Lombricero y con los amigos que Lombricero le presente. A todos les da de comer, pero no comida de muerte, sino comida buena.
− ¿Comidas de muerte? La comida es comida de vida, para vivir.
− Sí. Lo que nos agrada podemos comerlo y nos alimentamos. Lo que nos desagrada, lo que huele mal, no se puede comer, porque enfermaríamos o moriríamos. Los escupefuegos son muy listos. Con sus garras colocan unas comidas de sabor y olor agradables, pero no sé qué le añaden a esas comidas que producen la muerte. También echan comidas de muerte disueltas en el agua con la que riegan sus plantaciones. Apenas ha bebido el mirlo, retuerce todo su cuerpo con una mueca de dolor y cae al suelo.
Un verdecillo, foto de Gerardo García Casanova
El verdecillo o chamariz es más pequeño y listado que el canario. Éste es otro que vino de fuera. También hay casamientos entre canarios y verdecillos. Como el verdecillo tiene canto y color menos bonitos que el canario, le va mejor. No lo persiguen para meterlo en prisión.
Un pinzón azul, foto de Pascual Calabuig
Unos días antes de emprender el regreso, iba yo de paseo con Aurora y logré entablar conversación con un pinzón azul. Era un adulto joven, de un año de edad. Estaba posado en una rama alta de un pino, con la cabeza baja. Daba la impresión de que estaba sumido en pensamientos muy tristes. Volé y me posé en una rama enfrente de él. Mi presencia no le agradó. Le pedí excusas y traté de tranquilizarlo diciéndole que yo estaba allí de paso, que dentro de unos días volvería a Utiaca. Añadí que el pinar me gustaba mucho. Me referí a las diversas dificultades que estaba padeciendo su especie. Terminé deseándoles buena suerte a todos los pinzones azules. Él cambió de actitud y me habló de sus problemas:
− Yo no he podido casarme. Tenía una novia; nos queríamos mucho. Días antes de casarnos me apareció un rival. Luchamos y me ganó. Me quedé sin novia.
Un capirote, foto de Pascual Calabuig
También existen los peligros procedentes de los escupefuegos, los cuales quieren hacernos prisioneros para oírnos cantar. Los canarios decimos que cantamos muy bien, y es cierto. Esa satisfacción nuestra no debe enorgullecernos y llevarnos a menospreciar el canto de otras aves. El capirote, o curruca capirotada, es un ave de bonito canto, en el que predominan los tonos agudos. Por esta razón los escupefuegos los persiguen para hacerlos prisioneros.
En cambio, la curruca cabecinegra, o capirote de ojos encarnados, no es perseguida por su canto. Come toda clase de insectos, larvas, arañas, gusanos, saltamontes. Y como los escupefuegos dan comidas de muerte a los insectos, la curruca muere por ser muy insectívora. Igual suerte corre el herrerillo, muere por ser muy insectívoro.
Pollo de pinzón azul, foto de Pascual Calabuig
La puesta es de sólo dos huevos, una sola vez al año. Es muy poco. Sin embargo, por lo que yo observé, creo que ésa no es la principal causa del peligro de extinción del pinzón azul. La principal es la escasez de escobones y codesos, porque vi la intensa actividad de búsqueda de semillas e insectos que realizaban los pinzones azules en estos dos arbustos, tal como me había dicho Valiente.
Un mosquitero, foto de Pascual Calabuig
Un día estaba yo charlando con Iluminada, mientras esperábamos el regreso de Luminoso y Ciruela. De pronto Iluminada me mandó callar y miró con atención hacia unos arbustos, donde estaba posado un mosquitero, al acecho para captar algún insecto volador. Esto no tenía nada de particular. Lo que me dejó asombrado fue la forma en que lo hizo. Dio un salto veloz en línea recta y lo atrapó con el pico. Yo conocía a estos pajarillos. Pero no sabía que tuvieran esa habilidad tan grande. Desde entonces, siempre que veo un mosquitero me paro a observarlo, esperando verlo cazar insectos al vuelo.
Localización, mediante GPS, de dos lugares en los que transcurre parte de la acción de esta novela:
− Puente del barranco de Antona bajo el cual voló Amador, siendo polluelo, un día en que las aguas venían muy crecidas:
28o 01´00 11´´ N 15o 33´15 98´´ O
− Lugar que ocupó el pino muy alto donde nacieron Amador y sus hermanos, al lado de la gran construcción amarilla, que antes era blanca:
28o 00´56 81´´ N 15o 33´17 98´´ O









