Marta y los desplazados

Campo

De mi infancia guardo muy buen recuerdo. Vivíamos en el campo, en un municipio del occidente de Boyacá. Aquello me parece ahora el paraíso perdido. Entre las cosas más gratas recuerdo la ayuda mutua que nos prestábamos los vecinos, en contraste con la frialdad y el egoísmo de la gran ciudad.

Teníamos una casa muy bonita, no era nuestra, pero la disfrutábamos como si lo fuera, porque el dueño venía de vez en cuando a llevarse una pequeña parte de las cosechas. Pedía que le dejáramos su cuarto libre para cuando viniera él con su señora algún fin de semana.

Nosotros vivíamos en los otros dos cuartos, en el pequeño papá y mamá, y en el grande los hermanos y hermanas, separados por un mueble que hizo papá, donde guardábamos la ropa y nuestros objetos personales. A un lado del mueble dormían mis tres hermanos, y al otro, mi hermana pequeña y yo.

La casa estaba en medio de una finca muy grande. Yo estaba todo el día ocupada, pues tenía que ir a la escuela, y ayudar en muchas faenas domésticas  y de la finca. Mis hermanos también ayudaban. Nadie estaba ocioso. Todos colaborábamos.

Sin embargo, el trabajo no era agobiante. También teníamos tiempo para jugar.

(Marta tiene diecinueve años. Es pequeña, menuda, de piel blanca. Sus rasgos faciales, con pómulos algo salientes y ojos algo rasgados, nos dicen que es mestiza).

El paraíso lo perdimos en un momento. Una tarde que volvía yo de la escuela encontré a papá y a mamá muy asustados. Donde vivíamos había muchos guerrilleros. Nunca habíamos tenido problemas con ellos. Decían que su misión era protegernos a los campesinos.

Aquel día todo cambió: Dos guerrilleros habían hablado con papá. Lo acusaban de colaborar con los paramilitares. El lo negó. Los guerrilleros dijeron que se informarían mejor y que vendrían a buscarlo. Papá no sabía qué hacer. Pensó hablar con gente muy conocida del pueblo para que lo defendieran y negaran las acusaciones. Nos advirtió que debíamos permanecer todos en casa, sin salir, hasta que él volviera.

Empezamos a preparar la cena, con una gran preocupación. Cenamos. A las siete ya estábamos acostados. Mamá se quedó en la cocina esperando a papá. Ordenó que apagáramos todas las luces de la casa. Yo no podía dormir. A eso de las diez de la noche llegó papá y nos levantó. Dijo:

– Nos vamos. En estas lonas empaquen lo más imprescindible: las esteras, las cobijas, algunas mudas de ropa, libros de estudio, cepillos de dientes, jabones, toallas…

Le preguntamos que a donde íbamos y nos contestó:

– A un sitio mejor que éste. Rápido, empaquen, muévanse, no hagan ruido y no pregunten.

Salimos, no por la puerta de la finca, que daba a la carretera, sino por otro lado. Fuimos por unas laderas que yo no conocía, y llegamos de madrugada a casa de un amigo de papá, que nos llevó en su carro. Por la mañana paramos en un estadero, donde desayunamos tinto, agua, pan de yuca, huevos fritos  y picadas de salchichas, res y pollo con papas. Terminado el desayuno proseguimos hasta Tunja, donde vivía una hermana de papá.

El amigo del carro se volvió y nosotros nos instalamos en casa de nuestra tía, que nos trataba muy bien. Mis hermanos dormían en el pasillo, y mi hermana Sonia y yo en un saloncito, con nuestras esteras y nuestras cobijas. Mis hermanos estaban muy contentos con aquel viaje. Para ellos era una aventura. Mi hermana, de siete años, se enteraba poco; yo procuraba que no se enterara, para que no sufriera.

Aunque no podíamos hacer preguntas nos enterábamos algo de lo que estaba pasando al oír las conversaciones de los mayores. Todo había sido por una calumnia. Alguien había acusado a papá de proteger a un paramilitar y ocultarlo en casa. Papá conocía un poco a aquel señor, pero ni siquiera sabía que era paramilitar. Y en cuanto al denunciante no estaban claros sus motivos para calumniar a papá.

Hablando sobre la guerra, a muchas personas les he oído el comentario de que la mayoría de los muertos que se producen son por denuncias falsas, que se hacen por envidia o para quedarse con bienes del denunciado. No hay nada más dañino que una mala lengua.

En Tunja, cerca de la plaza de Bolívar y de la Catedral, vivía don Luis, el dueño de nuestra casa del campo. Papá fue a verlo y le explicó lo que había pasado. Don Luis se quedó muy preocupado, y dijo que en aquellas circunstancias también para él era peligroso acercarse por allá.

A los pocos días emprendimos otro viaje, esta vez en bus. Antes pasamos por casa de don Luis para despedirnos de él y de la señora. Nos desearon mucha suerte y don Luis le dio plata a papá, que él no quería coger.  Desde la plaza de Bolívar nos acercamos hasta la terminal de buses. Tuvimos que subir la cuesta más empinada que he visto en mi vida. Llegamos arriba con la lengua fuera.

Fuimos a Villavicencio, en Meta, donde unos amigos de mi tía aceptaban acogernos de forma provisional hasta que papá encontrase ubicación en Bogotá. Los señores Tomás y Ana eran un matrimonio sin hijos. El era ganadero. Tenían una bonita casa, amplia, donde cabíamos todos. Papá se fue a Bogotá y volvió a .los pocos días, después de conseguir una casa de alquiler en Soacha, un municipio muy cercano a Bogotá.

Al despedirnos, los señores Tomás y Ana les dijeron a papá y a mamá que me dejaran con ellos. Yo por un lado deseaba quedarme en una casa tan bonita, con los dueños tan buenas personas,  y que pensaban enviarme a un buen colegio. Por otro lado iba a extrañar a mi familia, a mi mamá y a la pequeña Sonia.

Fuimos a Soacha. La casa la había conseguido papá por intermedio de un amigo que conocía desde hacía mucho tiempo y que también era un desplazado. La dueña le dijo a este amigo que ella sólo les alquilaría la casa a personas muy serias. Papá dijo:

– Señora, ¿no ve lo serio que estoy, que hace tiempo que no me puedo reír?

Y era verdad; hacía tiempo que no veía reír a papá. (Marta ríe con este rasgo de humor paterno).

La casa tiene cuatro metros de frente por doce de profundidad. En el cuarto que da a la calle duermen mis hermanos. Luego hay un pasillo, un patio luminoso y dos cuartos más y la cocina, el comedor y dos baños, uno grande y otro chico. En un cuarto duermen papá y mamá y en el otro mi pequeña Sonia y yo.

En los primeros días dormíamos en esteras, igual que en el campo. Papá comenzó a trabajar en construcción, y mamá de empleada doméstica. Pronto compró colchones, y al cabo de un tiempo camas, que es donde estamos durmiendo ahorita.

En la casa tenemos todos los servicios, agua, luz, teléfono, cocina de gas, y además una bonita televisión. Empezamos pagando por esta casa 25.000 pesos de arriendo, y ahorita, al cabo de seis años, pagamos 40.000.

Aquí no tengo tanto oficio que hacer. Debo hacer el almuerzo porque papá y mamá trabajan fuera, pero tengo menos trabajo que en el campo. Estudio por las tardes. Voy atrasada en los estudios porque en la escuela del campo sólo impartían enseñanza primaria, pero aquí he progresado de forma adecuada, sin perder curso; ahorita estoy acabando mis estudios de bachiller, y el año que viene quiero estudiar en la Universidad, no sé si antropología o biología, para investigar la curación del SIDA.

También soy profesora. Mi escuela es pequeña, de cuatro alumnos, pero me dan más trabajo que un batallón. Me estoy refiriendo a mis hermanos. La pequeña es la única de la familia que no se ha atrasado ningún curso. De los tres hermanos, el mayor, Pedro, al que le llevo dos años, va más o menos bien.  El tercero, José, es muy bueno, sólo lleva un año de atraso, pero el de en medio, Jacinto, sólo piensa en las novias y en salir de rumba con los amigos. No se interesa nada por el estudio. Quizá acabe yendo a trabajar en la construcción con papá.

En la ciudad se vive más cómoda, pero la vida es menos grata, más aburrida, con menos posibilidades para la iniciativa individual. Echo de menos la vida que llevaba antes, mi paraíso perdido. Me gusta mucho el campo, los amaneceres, los crepúsculos, los animales, ver cómo crecen los cultivos, bañarme en la laguneta, recoger la fruta, subirme a los árboles.

Cuando yo sea presidenta de la república de Colombia voy a disponer que los campos se doten bien de los servicios elementales (luz, agua, teléfono, televisión). Si al encanto del campo le añadimos la comodidad de la ciudad, entonces invertimos los flujos migratorios; en vez de ser del campo a la ciudad, será de la ciudad al campo. En el campo la gente es más chévere, hay menos vicios.

El otro problema grave que tengo que resolver es el de las malas lenguas. Somos un país de chismosos y chismosas, nos gusta enterarnos de la vida de todo el mundo, estamos pendientes de los culebrones de televisión. Pues conviene recordar que estamos en un Estado de derecho, y no va a ser sólo sobre el papel. No se puede acusar sin pruebas. Además el delator no debe ocultarse, tiene que dar la cara, asumir la responsabilidad de su denuncia, y asistir al denunciado durante todo su proceso reeducativo, visitarlo en la cárcel. Las cárceles van a ser centros de estudio y de trabajo. Nadie podrá estar ocioso, como está ocurriendo ahorita.

(Marta ríe con regocijo).

– Mi mamá dice que digo muchas tonterías, pero una señora amiga suya no está de acuerdo. Dice: “A mí me gusta mucho hablar con Martita. Es una niña con tantas inquietudes y con tantas ilusiones en la vida. Así me gustaría que fueran mis hijas, que sólo están pendientes de las modas y los novios”.

Yo también estoy pendiente de las modas, aunque sólo sea para contemplarlas, y tengo novio, que es de Villavicencio y estudia ingeniería en la Universidad. Nos conocimos en casa de los señores Tomás y Ana. A este novio lo tengo a prueba a ver si de verdad me quiere como yo deseo. Están bien los piropos y poesías y mimos y caricias, pero eso no es lo importante, quiero algo más, quiero que esté de acuerdo con mi personalidad y mis ideas. Tiene que estar de acuerdo en que vivamos en el campo, en algún sitio cercano a Bogotá, que podría ser La Calera, Zipaquirá, Ubaté, ya veremos. Allí fundaremos una institución para acoger a niños y niñas que están en las calles de Bogotá en situación difícil. Tiene que estar de acuerdo con estas ideas mías, porque son parte importante de mi personalidad. Si no, si me quiere por otros motivos que no son para mí esenciales, el día de mañana me puede dejar por otra mujer que sea veinte años más joven que yo y veinte centímetros más alta. A mí me gustaría ser un poco más alta, pero no considero mi baja estatura un problema serio, no me obsesiono. ¿No ha visto usted a muchas jóvenes con unos tacones así? (Con las palmas de las manos enfrentadas señala una altura de treinta centímetros) Pues su baja estatura es por desnutrición. Aunque esas jóvenes ahora tengan buen aspecto, en su infancia seguramente padecieron desnutrición.

Ése es el problema más grave que tiene Colombia: La desnutrición de la infancia, la falta de escolarización, el abandono, los desplazamientos. Los dos guerrilleros que querían matar a papá eran dos niños, tenían entre catorce y diecisiete años. Hay que escolarizar a todos los niños, y darles de comer en los colegios. Es la única forma de acabar con la guerra y los desplazamientos.

Barrio urbano

Colegio

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