El niño del trauma

El niño del trauma

Unicentro, vista general

Perdone que me ría, señor. Es que lo oí esta tarde hablando con don Jairo. Usted creía que yo no los oía, pero tengo un oído muy fino. Don Jairo le pedía que no me hiciera preguntas, pues he padecido un trauma muy grande, y podría reaccionar con violencia. Así me conocen en el barrio: “El niño del trauma”. Yo prefiero que me llamen Hugo. Tengo veinte años. El trauma fue hace mucho tiempo, y siguen llamándome “el niño del trauma”.

(Hugo es robusto, más bien bajo. Piel blanca, rasgos faciales gruesos, labios salientes, ojos azules. Me mira con detenimiento):

¿Y qué le contestó usted a don Jairo? Que no se preocupara, que usted nunca hace preguntas personales. Pero empieza a preguntar por cuestiones sociales, como usted las llama, ¿qué opinas de esto?, ¿qué opinas de lo otro?, y averigua más que nadie. Luego me cuenta que vio como asesinaban a un amigo suyo. ¿Eso es verdad o lo dice para que yo piense que hemos padecido el mismo trauma y confíe en usted? Yo soy perro viejo en estos asuntos. Mucha gente ha venido a entrevistarme. Una vez un periodista gringo me estaba entrevistando. Íbamos bien. De pronto me hizo unas preguntas que no estaban en el guión. Faltó al acuerdo que habíamos hecho, cogí la plata que me había dado, se la boté a la cara y salí corriendo. Había un profesor que estaba haciéndome estudios. Decía que yo era el prototipo de niño resiliente. Yo no sabía qué significaba eso. Él me lo explicó. Era un hombre que sabía mucho, pero era muy maniático, muy autoritario; había que hacer todo a su gusto. Me aburrió. Le dije: “Soy resiliente porque sé huir a tiempo”,  y me volé.

(Gesto un poco amenazador, alza la voz): ¿Y usted a qué viene, a traumatizar más al niño del trauma? ¿Sabe lo que le digo? (Con amable naturalidad): Pues que voy a contestar a todas sus preguntas. Me cae usted simpático, sí, señor, me cae simpático. (Sonríe con simpatía): ¿Por dónde empezamos? ¿Por el día del trauma? Bien, empiece a apuntar. Verá: Aquel día había visto yo poco a mis compañeros, pues había encontrado un trabajito muy bueno, que era colaborar en una mudanza en un almacén. Me habían dado 30.000 pesos. A eso de las diez de la noche llegué al sitio donde vivíamos, que era una alcantarilla situada en por Unicentro, una zona bien comunicada. Bajé y fui a buscar a mis camaradas. Por aquellos recovecos dormíamos casi treinta niños, pero mis camaradas, mis mejores amigos, eran Víctor, Javier y Julio. Los cuatro dormíamos juntos en un alto a metro y medio sobre el nivel de las aguas negras. Tres dormíamos y uno vigilaba por turno. Si nos dormíamos los cuatro a la vez podía venir una rata peluda y arrancarnos trozos de carne sin que nos diéramos cuenta.

Cuando llegué estaban los tres instalados a la luz de unas velas. Javier comentó que tenía sed, y Víctor dijo que había dejado una bolsa con fruta y botellas de agua en casa de un amigo nuestro. Tras dudar un momento dije que iría a buscarla. Salí de la alcantarilla, recorrí un espacio como de aquí a ese parque, (casi doscientos metros), y de pronto sentí una explosión y un movimiento como un terremoto; un aire muy fuerte y muy caliente me impulsó hacia delante; me vi botado en el suelo boca abajo.

Unicentro, una planta

Miré hacia atrás y vi humo. Me levanté y avancé. Vi que el humo salía de un enorme agujero en el suelo. Seguí avanzando y vi una pierna de un niño, toda negra, incinerada. Seguí avanzando y vi una cabeza, vi un tronco con cabeza y brazos, pero sin piernas. Pensé que ninguno de aquellos restos podía ser de mis camaradas, porque ellos no estaban en el sitio exacto de la explosión, sino más adentro. Las paredes se habían derrumbado. Mis camaradas habían muerto. Si no murieron pronto aplastados, sufrieron luego una muerte lenta, ahogados o asfixiados.

No sé cómo en un momento se llenó la calle de gente, policías, bomberos, defensa civil, la Cruz Roja. Sentí un mareo y me apoyé en una pared.

Pensé que todo había sido una broma de mis compañeros. Quizás en lo que yo me alejaba de la alcantarilla, los treinta niños salieron y se alejaron en sentido contrario, explosionaron la bomba y ahora iban a aparecer todos riéndose de mí. ¿Y los cadáveres incinerados? ¡Son muñecos de goma! ¡Qué bien hechos están! Solté una carcajada de alegría, y me acerqué a tocar un cadáver y comprobar que era de goma.

Una pareja de la Cruz Roja me lo impidió. Eran un chico y una chica jóvenes. Me dieron un grito y se acercaron a mí. Estuve discutiendo con ellos mucho rato. Yo no admitía la realidad, y ellos no podían convencerme. La chica me abrazó y me consoló en medio de aquella confusión y algarabía de sirenas, pitos y órdenes de las autoridades. El olor habitual de la alcantarilla estaba mezclado con el del explosivo. Hubo alguna discusión sobre mi destino inmediato.

Al fin, en una ambulancia de la Cruz Roja, esta pareja me llevó a una casa que era de una institución. No era una sede. Era un edificio auxiliar: garaje de buses y busetas, albergue provisional de indigentes y centro de servicio médico permanente. En la enfermería me hicieron una revisión de rutina.  Al poco llegó un doctor, me hizo unas preguntas, y me puso una inyección.

Amanecí muy descansado al día siguiente. Había dormido en la enfermería, no en donde se atendía a los pacientes, sino en otra sala al lado. Vino un chico joven y me ordenó levantarme. Con un metro de sastre me tomaba medidas y las apuntaba en un cuaderno. Cuando terminó me llevó al baño de la enfermería y me ofreció esponja, jabón líquido y una toalla:

− Vete bañándote mientras yo te traigo ropa limpia.

Empecé a bañarme y enseguida entró la enfermera. Me ofreció ayuda y yo le contesté que no hacía falta. Ella se quedó un momento mirándome y dijo:

− ¿Es la primera vez que te bañas?

Rejas y desconfianza

Me enjabonó todo y luego me restregó con la esponja. En lavarme la cabeza tardó más que en el resto del cuerpo.

Vino el chico con la ropa, y antes de vestirme me cortó el pelo. Me llevó a comer a una pizzería, y después a la sede de la institución, que estaba cerca. Allí me recibió en su despacho el doctor que me había atendido la noche anterior.

El doctor me explicó que su institución era para casos de urgencia. Ellos no podían acogerme. Me llevarían a otra institución amiga que estaba en el campo. Allí podría estudiar si quería, y si no,  podría practicar deporte y dejar que pasara el tiempo. Yo debía desaparecer una temporada, y vestir bien para estar irreconocible, pues los hombres malos, perversos, que pusieron aquella bomba, podrían intentar matarme si se enteraban de que yo había sobrevivido. En cuanto al trauma que había pasado, el doctor me advirtió:

− Todos tus sufrimientos, todo lo desagradable que pase por tu cabeza, debes contármelo a mí, que soy psiquiatra, y a todas las personas que te inspiren confianza. Si no, si te guardas el sufrimiento para ti solo, enfermarás de los nervios.

Estuvimos hablando largo rato de todo lo que yo había experimentado. Entre otras cosas comentamos aquella tendencia mía a no admitir la realidad de la bomba y la muerte de mis compañeros. Ingresé en la institución, y cada mes, o antes si yo lo pedía, me traían  a la consulta del doctor. Cuando yo le contaba algún pesar mío, alguna idea obsesiva, me decía: “Sí, no eres el primero al que le ha pasado eso”, y me contaba una experiencia similar de algún paciente suyo o que le habían contado o que había leído en sus libros de ciencia. A veces empezaba a hablarle y él se me adelantaba a contarme un caso análogo. Por eso yo le decía: “Doctor, ¿por qué no cambiamos los papeles? Usted hace de paciente y yo hago de doctor, porque usted me cuenta los problemas a mí y no yo a usted”.  Él se reía con esta broma.

En la institución todos me acogieron muy bien. No me preguntaron nada; sólo mi nombre. Luego vi que era una norma de la dirección: No preguntar nada al nuevo, dejarlo que vaya cogiendo confianza, que hable de lo que él crea oportuno.

Yo tenía once años. Sabía de cuentas, que lo había aprendido en la calle, y entendía las letras y algunas palabras de anuncios callejeros y nombres de futbolistas y artistas de cine. Me daba vergüenza ir al grado inicial de primaria con niños de seis años. Jeremy, uno de los educadores, se dedicó a enseñarme a leer y a escribir a mí y a Tania, una niña de catorce años, que vivía en la institución con su bebé. Jeremy quería que estuviera siempre distraído y que practicara mucho deporte.

Bogotá, zona de negocios

Yo trataba de complacerlo. Unas veces quería distraerme y otras quería estar a solas con el recuerdo de mis amigos muertos. Me hacía bien acordarme de ellos, y cuando la añoranza era muy fuerte buscaba las distracciones. Recuerdo que allá en mi pueblo, en el Casanare, un hombre de setenta años se quejaba de que habían muerto su mamá y su esposa. Se sentía solo en el mundo. A mí me ocurría igual a los once años. Sentía que nunca podría encontrar unos amigos como los que perdí, y así ha sido hasta la fecha, aunque he conocido a mucha gente buena a la que siempre estaré muy agradecido. Javier fue mi primer amigo. Era de mi edad, de mi pueblo. El estudiaba y yo no. Me animó a venir a la ciudad, porque éramos una carga para nuestras mamás, con tantos hijos. En Bogotá tendríamos muchas oportunidades de enriquecernos. Por desgracia Bogotá no fue para nosotros la maravilla que habíamos visto en televisión. La primera noche dormimos a la intemperie, protegidos por cajas de cartones.

Al día siguiente conocimos a Víctor y a Julio, cuya historia era parecida a la nuestra: Dos amigos del Valle del Cauca, de familias campesinas muy pobres. Nos llevaban un año de edad. Habían venido hacía unos meses a la ciudad. Enseguida nos hicimos amigos. Al rato de conocernos nos invitaron a compartir su sitio en la alcantarilla. Víctor era el jefe de forma natural. Sabía más que nosotros. Sabía tratar muy bien a la gente. Se acercaba a un frutero:

− Mire, señor, le he oído decir que los niños sucios le espantamos a la clientela. Podríamos hacer un trato: Yo convenzo a mis amigos para que no vengan por aquí, yo vendré un momento a la hora en que hayan menos clientes, y usted me regala una sola fruta, la que usted quiera, papaya, mango,  lulo, guanábana…

O le decía a una señora:

− Perdone, señora, yo quería pedirle a usted permiso para mirarla porque usted se parece a mi mamá, que murió. No quiero pedirle nada, sólo poder mirarla a distancia, sin tocarla, cuando usted pase por aquí.

La señora cogía confianza y le ofrecía algo a su admirador, dinero o un paquete de su compra. El se negaba a tomarlo. Al final decía: “Tomaré algo de usted, pero de lo que le sobre”, y acababa yendo todos los días a casa de esa señora para que le diera las sobras de la comida. Así se consiguió cuatro o cinco madres.

Esto lo solía repetir Víctor: “Con las sobras que la gente bota a la basura nos podrían alimentar a los niños de la calle y estaríamos todos gorditos”.

Víctor nos prohibía robar. Decía que en su “grupo de elite” sólo estaba permitido el robo cuando se tiene la seguridad de que no nos van a descubrir, y eso, por ahora, sólo lo podía hacer él. Algunas veces, no muchas,  apareció con cosas que eran robadas.

Javier era el matemático del grupo. Íbamos a tomar unas pizzas y unos jugos, y a la hora de pagar decía el mesero: “Tanto”. “No, señor”, saltaba Javier, y decía otra cantidad. “Se ha equivocado usted en 135 pesos”. Hacía la suma el mesero con el bolígrafo y exclamaba asombrado: “Pues tienes razón”.

Bogotá, barrio de la Candelaria

Víctor estaba muy atento a las necesidades y problemas de sus amigos. Si me veía pensativo me echaba el brazo por encima: “¿Qué le pasa a mi niño? Ven con papá”. Julio decía: “Yo también soy tu papá, Hugo”. “No, el papá soy yo; tú eres el abuelo. Tú eres más viejo que yo; me llevas un mes, tú naciste en agosto y yo en septiembre.” Julio era el subjefe. No sabía mandar como Víctor. Sabía organizar y prever las dificultades. Estaba atento a los detalles que se le podían escapar al jefe. En particular estaba muy pendiente de los policías, conocía todas sus costumbres, incluso llegó a tener amistad con algunos de ellos.

Julio nos comentó unas conversaciones con un policía amigo suyo, que parecía buena persona. Le decía este hombre que dentro de la policía había una lucha terrible entre los partidarios de ayudar a los gamines y los que querían eliminarlos con el pretexto de que el día de mañana se pudieran convertir en criminales. Según este policía habían echado del cuerpo a muchos perseguidores de niños, y pronto los echarían a todos. Pues ya ve usted: A los pocos días de decirnos esto pusieron la bomba.

El doctor, en una de las visitas que le hice, me habló de aplicarme la terapia de la escenificación. Yo debía repetir todo lo que hice cuando ocurrió la explosión y, sobre todo, contar todos los pensamientos que me hubiesen pasado por la cabeza, sin callarme ninguno. El doctor me citó para dentro de cuatro días en el mismo lugar del suceso y a la misma hora. Me llevó Jeremy en un carro de la institución. Llegamos allí y estaba toda la calle en muy buenas condiciones, como si no hubiese pasado nada.

Estuvimos un rato largo esperando. De pronto oímos la sirena de una ambulancia de la Cruz Roja. Esta ambulancia paró cerca de nosotros y de ella bajaron el doctor y la chica que me había atendido en aquella ocasión. Me abrazó y me besó con gran alegría y cariño. Se llamaba Cecilia. El doctor empezó preguntándome donde estaba la tapa de la alcantarilla. Desde allí comencé a desplazarme hasta el sitio en que me alcanzó la onda explosiva. El doctor me pidió que me tumbara en el suelo. Así fuimos escenificándolo todo con detalle. Cecilia y yo tratamos de reproducir nuestro diálogo de aquella noche. Ella se acordaba bastante bien. Me abrazó y me repitió las mismas palabras de consuelo.

Me esforcé en contar todos mis pensamientos, no sólo los de aquella noche; también los de aquellos meses de soledad. Confesé mis obsesiones y mis dudas, cómo desconfiaba hasta de las personas más buenas, y pensaba que el doctor, o Jeremy o Cecilia podían ser comprados por los escuadrones de la muerte. Yo rechazaba esta idea por absurda, hasta me reía de ella, pero la idea se resistía a desaparecer.

Institución de acogida

Había una idea especial, que me hacía sufrir y me alegraba, una idea agridulce, como la carne agridulce que comemos en los restaurantes chinos. Era la de que todo había sido una broma. Decidí escenificarla. Caminé hacia el agujero. Ahí vienen todos, son treinta, no falta ni uno. Vienen gritando de alegría. Quiero abrazarlos a todos:

− Hola, mis panas queridos, otra vez los vuelvo a ver, no habrá más penas ni olvidos (canta este verso del tango “Mi Buenos Aires querido”). ¡Qué susto me dieron! Me dejaron muy bajado de nota. Menos mal que sólo fue una broma. ¡Víctor, Javier, Julio, qué gente más bacana! ¿Cómo lo han hecho? Nos haremos famosos. Saldremos en las televisiones de todo el mundo. Los chapas estarán asombrados. Lucía, otra vez entre nosotros. Ya te dije que aquel man no te convenía. Wilson (éste es un niño de cuatro años al que una rata le arrancó un poco la carita), ven con tío Hugo. A ver, te ha cicatrizado, un beso en la herida; yo conseguiré plata para que un doctor te deje más guapo…

No pude más; caí de rodillas en el andén, llorando. Cecilia se arrodilló, me abrazó y lloró conmigo. Lloró Jeremy, y lloró el doctor, quien, por cierto, comentó que hacía años que no lloraba.

Al final Jeremy y yo nos despedimos del doctor y de Cecilia con gran afecto y nos volvimos a la institución.

Le dije a Jeremy que sentía como si me hubiera liberado de una opresión, pero que no iba a disminuir el recuerdo de mis amigos muertos, sino que se iba a acrecentar. Jeremy contestó que le parecía bien, que no debía olvidarlos nunca.

Hubo otra cuestión que no comenté mucho con Jeremy. Fue que tuve una impresión muy grata al volver al barrio, porque la gente me miraba de otra forma. Sentí que quería volver a vivir allí e ir a una institución durante el día para estudiar, pero no alojarme en ella.  No se lo dije así a Jeremy. Le pedí que me llevara otra vez al barrio. Una tarde dimos un paseo detenido por todos los sitios por los que iba antes, y después de ocho meses de ausencia, unos cuantos kilos de más y una ropa y un vocabulario distintos, nadie me reconoció.

Le hablé con claridad a Jeremy y él me propuso que fuéramos a ver otra institución que estaba cerca de mi barrio. Fuimos, hablamos, y cuatro meses después me admitieron. En la institución pedí que me dejaran ir a ver a mi mamá, y que por favor me dieran plata para el viaje. Fui sin avisar y apenas llegué vi salir a mi mamá de una tienda de abarrotes. Me puse en su camino y la miré. Ella se paró a mirarme. Sintió una gran emoción. Gritó: “¡Hugo, mijo!”. Soltó la bolsa de la compra y corrió a abrazarme.

De regreso a Bogotá vine con un hermano cuatro años más joven que yo. Pedí que lo admitieran en la institución, y ahora está estudiando bachiller técnico en artes gráficas. Yo no estudié tanto como él. Yo quería estudiar construcción. Me propusieron que estudiara para obtener el título de bachiller técnico en construcción. Yo no tenía paciencia para estar siete años estudiando. Pedí que me dieran una instrucción práctica, sin teorías de bachilleres, y al cabo de tres años, cuando cumplí quince, me puse a trabajar, y me ha ido muy bien.

Como le he dicho, la mayoría de la gente no me reconocía, pero había unas pocas personas que eran muy buenas fisonomistas y sí me reconocieron. Se propagó mi historia y ya sabe cómo me llaman. Sin embargo no he tenido problemas de persecución por parte de ningún tenebroso escuadrón de la muerte. Ahora esta persecución criminal no es tan dura como en mi época, ha bajado un poquito, se han hecho algunas purgas en la policía..

Ahora vivo en un pequeño apartamento de alquiler. Pronto viviré en casa propia, de tres habitaciones, y me traeré a mi mamá y a mis hermanos. Me casaré con mi novia, que trabaja en el negocio familiar, un restaurante económico.  No viviremos en este barrio, al que estoy acostumbrado. Viviremos en otro que está muy lejos. Es igual. Mi empresa tiene obras por toda la ciudad, y yo pediré trabajar cerca de casa. Ésta es mi historia en pocas palabras. (Me mira fijo): Me ha sentado bien hablar con usted. Gracias. (Pausa). Que Dios le bendiga.

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