Microrrelatos (1)

Un niño muy feliz

De mis compañeros de bachillerato en el colegio de los Padres Mauricistas, sin duda el de personalidad más curiosa e interesante era Luis Bentayga. Empezamos en el colegio a los seis años. A los diez, poco después de hacer la Primera Comunión, el carácter de Luis dio un cambio extraordinario. Nadie tenía capacidad para ofenderlo. Si trataban de reírse de él, o vejarlo o pegarle, se defendía, pero sin ira ni preocupación. Adoptaba una actitud espontánea de superioridad. Miraba a sus incordiadores con pena y desprecio; esbozaba una sonrisa de burla, como diciendo: “Tú no puedes ser tan feliz como yo”.  Cuando teníamos diecisiete, un día en el Colegio Mayor San Fernando, un grupo de compañeros, acicalados, salieron a disfrutar de los placeres de Venus. Nos quedamos Luis y yo. Me repugnaba ir a aquellos antros. Manifesté mi deseo de encontrar una amiga para establecer un convenio estable de favores mutuos. Luis me confesó que tenía una amiga de ese estilo desde los diez años, y estaba muy apetecible, aunque era diez años mayor que él.

No nos vimos durante una larga temporada. Luis fue a estudiar Ciencias Económicas en Barcelona, y yo, Ciencias Físicas en Madrid. A los veinticinco nos vimos un verano en Maspalomas. Luis estaba pletórico. Buen empleo, buena novia, licenciada en Farmacia. Ambas familias eran muy amigas y veían muy bien el enlace de sus vástagos. Y a los veintiséis, cuando yo estaba realizando con entusiasmo mi tesis doctoral en Ciencias Físicas, me llega la sorprendente noticia de que Luis Bentayga se había suicidado, colgándose de una soga.

Familiares, amigos y conocidos estaban consternados, pero poco informados de las causas del fatal desenlace. Aquellas vacaciones de Navidad en casa me propuse aclarar el misterio. Por fortuna Noelia, una chica de la pandilla de Luis, era buena amiga mía. Me informó de que Luis quiso romper el compromiso con su novia, pero no pudo resistir el disgusto y la oposición de ambas familias. No dio excusas razonables. Él lo que quería era seguir con su amiga de siempre, una amiga que no le llevaba diez años, como Luis me había dicho, sino cincuenta. Luis se había habituado a las mujeres que tenían sesenta e incluso más de setenta años. Las más jóvenes no le excitaban. Se vio condenado a vivir siempre buscando mujeres mayores, sin poder tener hijos propios, a menos que fuesen adoptados. La fuerte presión familiar quiso hacerle ver que aquellos eran unos gustos denigrantes e infames, y no pudo o no quiso resistir.

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