Tunero, el herrerillo valiente

Y ya que hablamos de un libro próximo a publicarse, aquí va un capítulo del mismo. Amador, un canario del monte, cuenta sus vivencias de polluelo, de cuando se independizó de sus padres y se hizo amigo de Tunero, un herrerillo adulto (de un año de edad).

Cuando me independicé de mis padres y me instalé en el peral vi que vivían al otro lado del barranco dos aves que me interesaron. Más abajo, casi enfrente de la gran construcción blanca, vivía mi querida amiga la tórtola Marina. Y barranco arriba vivía un herrerillo con el que yo deseaba entablar amistad porque me habían dicho que de los herrerillos se podía aprender mucho.

Un día muy caluroso, poco después de que mi amigo el jilguero Cardoso se casara con Rosablanca, iba yo barranco arriba, hacia poniente, y vi al herrerillo posado en una rama de un árbol. Me dispuse a aprovechar la oportunidad de hablar con él.

Era un adulto joven, con una coloración muy llamativa. El píleo, las alas, el dorso y la cola eran azules; el vientre, amarillo; y las mejillas, blancas. Una franja negra pasaba por los ojos y llegaba hasta el mentón rodeando la nuca y las mejillas. Sobre dicha franja negra una lista blanca rodeaba toda la cabeza. En resumen, que era una coloración singular, inconfundible. Estaba yo observándolo sin que él me viera cuando oí una voz de pájara joven que llamaba con un poquito de ansiedad:

− ¡Tunero, Tunero!

No era una voz de canaria. Procedía de otra clase de pájara, quizás una herrerilla.

El herrerillo se volvió, bajó de la rama y desapareció entre la frondosa vegetación. Yo me posé en donde él había estado, para  disfrutar de aquel lugar tan fresquito y agradable.

Al cabo de un rato oí de pronto un ruido de hojas que se mueven, un aleteo, y el herrerillo se posó al lado mío. Caminó hacia mí y se me plantó tan cerca que nuestros picos casi chocaban. Me espetó con desprecio:

− ¿Qué buscas en mi territorio, canario asqueroso?

El herrerillo era más grande y corpulento que yo, porque él era un adulto y yo un polluelo de canario. Pensé que al año siguiente yo sería como mi padre, más alto y fuerte que el herrerillo, pero que aun así no me agradaría enfrentarme a éste. Su mirada no me dejó dudas de que me echaría de su territorio si yo lo irritaba.

Con paciencia y amabilidad le expliqué que estaba explorando el barranco, buscando hermosas flores para verlas y recrearme en ellas.

− Y para beberte su néctar, ¿verdad, desgraciado?

− ¡Qué va! Si yo no soy goloso. Si me tomara el néctar de un par de flores, ya me quedaría relajado para todo el día.

− ¡Mentiroso! Ustedes, los canarios, son muy golosos, y suelen comer cosas dulces hasta que les entran cagaleras.

Mi padre solía advertirme que todos los seres vivos, unos más, otros menos, somos vanidosos. Por otra parte, yo había oído alguna vez el comentario de que los herrerillos eran muy valientes. Así que me dediqué a alabar la valentía de los herrerillos, y añadí que deseaba entablar amistad con alguno de ellos para que me enseñara a defenderme de aves mayores que yo.

− Yo quiero que tú y yo seamos amigos, Tunero − le dije para  reafirmar mis peticiones de buen entendimiento.

− ¿Cómo sabes mi nombre? − se asombró.

Pensé decirle, para halagarle, que su fama de valiente se había extendido entre los canarios. Pero me acordé de mi padre, que aborrecía las mentiras, porque, según decía, hacen que perdamos la confianza unos en otros. Ya le había mentido a Tunero por miedo, al decirle que yo no era goloso. Si yo quería ser su amigo, no estaba bien empezar la amistad con otra mentira. Así que le dije la verdad:

− Oí antes que te llamaba una herrerilla por ese nombre.

Al oír esto, el enfado de Tunero aumentó. Empezó a gritar:

− ¿La has visto? ¿La has visto?

− No, no…

− Pues no intentes verla. Ni le hables a nadie de nosotros. Todavía estamos criando a nuestros polluelos de la segunda  camada, y si viene alguien a perjudicarlos, pensaré que tú se lo has dicho, y a él lo echaré de mi territorio, pero a ti te mataré a picotazos.

Contesté que era absurdo que yo tratara de perjudicarlo, porque estaba deseando hacerme amigo de él para que me enseñara a luchar contra los pájaros mayores que nosotros, que son unos abusadores. Añadí que, si él quería, me quedaba a vivir por allí y le vigilaba el territorio cuando él se alejara un poco a buscar comida para su pareja.

Tunero no parecía muy convencido de mis buenas intenciones. Pero poco a poco, hablándole con calma, fue cambiando de actitud. Mis alabanzas a los herrerillos parecían gustarle. Me preguntó detalles de mi vida y de mi familia. En cambio sobre sí mismo habló  muy poco. Me dijo que su pareja se llamaba Azulina y que habían hecho su nido en un sitio muy oculto, que sólo ellos dos co­nocían. Cuando le reiteré mi ofrecimiento de quedarme a vivir cerca de él y ayudarle a vigilar el territorio, me contestó que no, pero que viniera todos los días a verlo y seguiríamos hablando. Seguí barranco arriba, explorando, y cuando volví por la tarde vi a Tunero de nuevo.

El herrerillo Tunero comiéndose un tuno

En los días siguientes estuve varias veces por aquel territorio, y siempre buscaba a Tunero para charlar con él. Fui asimilando sus interesantes enseñanzas.

Tunero me explicaba que los herrerillos son más observadores que los canarios. El tiempo que los canarios dedicamos a cantar, el herrerillo lo emplea en observar, lo cual es muy importante para defenderse bien en la vida. Observan mucho a los escupefuegos. Así se dieron cuenta de que los escupefuegos no escupen el fuego desde sus bocas, como yo creía, sino desde unas ramas de árbol muy rectas en las que introducen el fuego para luego expulsarlo a gran velocidad y produciendo el ruido más espantoso que se puede oír en la vida.

Desde que Tunero me hizo esta observación, estaba yo ansioso por comprobar su veracidad. Y, en efecto, aquel verano me fijé. Era verdad. El escupidor de fuego era parecido a una rama de árbol muy recta que el escupefuego la ponía delante de su cara y escupía el fuego hacia delante.

También me explicaba Tunero que los escupefuegos están desnudos. No tienen plumas, como nosotros, ni pelos, como los seres de cuatro patas. Se tapan con unos materiales flexibles que se pegan a su cuerpo, y así intentan regular su temperatura.

Al principio no me atrevía a beber delante de Tunero el néctar de las flores del barranco; pero luego fui cogiendo confianza. Además, el propio Tunero me alentaba. A él no le gustaba  el néctar tanto como a mí. Lo que más le gustaba eran los insectos. Hacía grandes viajes para traerle a su familia larvas de insectos forestales. Y, tal como hacía suponer su nombre, también le gustaban los tunos.

Un día me anunció que me iba a demostrar cuánto me apreciaba, pues me iba a… Pensé que me iba a revelar algún sitio rico en comida que él conocía. Pero no: me iba a presentar a su pareja. Aquello era señal de gran aprecio y confianza, porque Tunero, como comprobé desde el primer día que lo vi, guardaba a su pareja celosamente.

El nido estaba en una oquedad de una roca, a una altura más bien baja, de modo que un escupefuego, si lo veía,  podía alcanzarlo. Pero era imposible que lo viera, pues un árbol cubría la oquedad con una rama tan tupida que no se podía acceder al nido volando, sino caminando por debajo a través de un hueco muy estrecho.

Azulina estaba junto al nido, esperando la llegada de sus polluelos, con cara de hembra mimada, que se considera a sí misma muy importante. Me miró de una forma curiosa, con una mezcla de admiración y desprecio, como diciendo: “Tú también eres guapo, como mi Tunero; pero no serás capaz de realizar acciones tan valientes como las de él.”

Al poco rato empezaron a llegar los cinco polluelos de la camada. Aunque estos polluelos de herrerillos no eran hermanos míos, me hicieron brotar un sentimiento de hermandad. Aquellos días estuve muy entretenido y fui muy feliz con la familia de herrerillos, jugando con aquellos polluelos que eran más jóvenes que yo. A Tunero lo he recordado con frecuencia durante toda mi vida, debido a nuestro gran afecto y amistad. Pero lo que más me impresionó de él fue el coraje con que lo vi luchar un día contra un mirlo.

Yo en aquel entonces apenas había visto algún que otro mirlo, y no conocía sus características. Luego he comprobado que es un ave muy luchadora. Dentro de su territorio no admite a nadie, ni de su propia clase ni de otra. En la época de celo los enfrentamientos entre los mirlos son tan fuertes y frecuentes que hasta las hembras se animan a participar en ellos.

Por eso cuando he contado la lucha de Tunero contra el mirlo, algunos me han acusado de exagerar. No se creen que Tunero fuera tan valiente.

Fue una tarde que habíamos estado jugando con los polluelos. Les llevábamos tallos de flores para que se los disputaran y adquirieran fuerza en la mandíbula. Luego Tunero y yo nos fuimos a revolotear y hacer acrobacias por los alrededores del nido. En ese momento apareció el mirlo.

Su longitud era superior a la de dos Tuneros puestos en fila. Su plumaje, negro. El pico y el círculo que rodeaba sus ojos, amarillo-anaranjados. Sus alas, cortas, y sus patas, oscuras.

Nos vio, pero no nos hizo ningún caso. Se dedicaba a observar el territorio con gran curiosidad. Cuando estuvo más cerca, Tunero le preguntó que si buscaba algo.

El mirlo, en tono distraído y de desprecio, contestó que aquel era buen sitio para hacer el nido.

− ¡Ah! ¿Te vas a casar?

− Ya estoy casado. Vendremos aquí mi pareja y yo a hacer la segunda puesta. Y cuando venga, no quiero verlos a ustedes.

Entonces oí, procedente de barranco arriba, un gran estruendo, que luego supe de qué se trataba: una piedra enorme, que cayó desde gran altura. Asustado, giré la cabeza hacia la derecha y estuve atento a aquellos ruidos durante unos instantes. Y cuando giré a la izquierda vi a Tunero picoteando con furia al mirlo en la cara.

El mirlo se defendió. Con su enorme pico curvado dio un picotazo a Tunero en el pecho. Este lanzó un agudo grito de dolor  y atacó con más ímpetu. Se montó sobre el lomo del mirlo y picoteó su cabeza y su nuca. El mirlo corrió un trecho, gritando. Ahuecó las alas, levantó la cola, erizó las plumas del lomo y consiguió zafarse de Tunero.

Pero éste volvió al ataque de frente. Picoteó varias veces en la cara al mirlo, hasta que éste dio un grito espantoso de dolor y se marchó. Como el mirlo estaba de espaldas a mí, no vi bien lo que pasó. Tunero me lo aclaró.

− Le di un picotazo en un ojo − me explicó −  No lo dejaré ciego, pero sí molesto durante unos días. A éste se le quitarán las ganas de venir por aquí a abusar de los más pequeños.

Yo no estaba tan seguro de esto último. Pensaba que cuando el mirlo se repusiera, volvería para vengarse. Tunero, muy tranquilo y seguro, afirmó que las aves más robustas que nosotros parecen valientes, pero son cobardes; y añadió que contra la valentía de un herrerillo no podía ninguna.

Aquella hazaña de Tunero me produjo gran satisfacción. Me sentí importante, pues pensé que yo también podía esforzarme y llegar a ser tan valiente como mi amigo. Tal como me dijo Platón poco después, cuando lo conocí, la valentía sin rencor era imprescindible para ser feliz, y yo estaba seguro de que conseguiría ser feliz.

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