Los gomeros sublevados

En muchos países existe un departamento, provincia, región o pueblo al que toman como paradigma de la brutalidad y le inventan unos chistes denigrantes. Así en Cuba están los pinareros (de Pinar del Río); en Colombia los pastusos (de Pasto); en la Península Ibérica, sección española, los leperos, (del pueblo onubense de Lepe); y en Canarias los gomeros (de la isla de La Gomera).

Pues la realidad es que de los gomeros no se puede reír nadie. Al contrario, son ellos los que se han reído de muchos personajes inteligentes. Vamos a hablar hoy de uno de ellos, el periodista y presentador de televisión José María Carrascal, que presentaba los informativos luciendo unas corbatas de variados y vivos colores.

Llegó Carrascal a la Gomera en un viaje medio turístico y medio profesional de dos días. En la plaza de San Sebastián, a la sombra de los laureles de Indias, unos estudiantes de 3º de BUP estaban realizando una subasta de los más variados objetos (donados por comerciantes) para su viaje de fin de curso. Uno de los estudiantes reconoció a este ilustre personaje y le pidió una corbata para la subasta. Él contestó amablemente que si lo llevaban en coche un momento al parador, en donde se hospedaba, les daría unas pocas. Así lo hicieron, y entregó siete corbatas. Una hermosa,  elegante y distinguida joven pujaba con entusiasmo por las corbatas, y se las adjudicaba. Cada vez que le entregaban una, la miraba extasiada y decía: “¡Fantástica!”. “¿Quién es esa beldad?”, preguntó el personaje, halagado. Le contestaron: “Es la hija del conde de la Gomera, una chica muy inteligente y muy buena. Bailarina de ballet clásico, interesada por la cultura del pueblo. Organiza gratuitamente espectáculos de ballet y de teatro. Estudió ingeniería agrícola y ha introducido la agricultura biológica en la isla, sin ningún producto químico. Por ejemplo, contra los pájaros diseñó ella misma un sistema electrónico para mover periódicamente los espantapájaros.” Seguían dándole corbatas a la bella, que exclamaba: “¡Fantástica!”. Cuando le dieron la última, José María Carrascal se acercó a saludarla, pero se quedó de piedra al oírle exclamar con entusiasmo: “¡Fantásticas! ¡Están fantásticas para mis espantapájaros!”.

José María

carrascal

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