Microrrelatos (2)

Morir por entrometido

Fue en una peluquería de Tafira Baja. Estábamos varios clientes esperando nuestro turno para arreglarnos, y un señor, que no era del barrio, estaba absorto leyendo el periódico. De pronto exclamó con hondo pesar: “¡Qué triste!” Las miradas interrogativas convergieron en él, que se apresuró a aclarar: “Un hombre de 67 años muere de un ataque al corazón por un berrinche mientras discutía con un joven sobre cual de los dos tenía la vez para lavar su coche en una gasolinera de la recta de los Tarahales… ¡Qué triste! Una persona mayor que no sabe contenerse, y se comporta como un joven irresponsable. Si al menos el berrinche hubiese sido por una causa noble, la familia hablaría de esa muerte con orgullo. Pero discutir por una bobería como ésa… ¡Qué triste!” Algunos circunstantes estaban de acuerdo con estas observaciones. El señor concluyó que el finado había hecho el ridículo al morir de aquella manera.

Pasó un tiempo, y una tarde en la peluquería, mientras el peluquero me pelaba, le pregunté por aquel señor. La contestación me dejó petrificado:

― ¡Ah, sí! Aquel amigo mío, que decía que era ridículo morir por un berrinche. Pues murió por entrometido. Estaba en la Península, que fue a visitar a sus familiares en el pueblo X…, entró en un bar y vio a un pobre demente que estaba comiéndose un filete de carne cruda con las manos. Lo miró, según dicen, despectivamente, y le dijo: “¡Qué asco! ¡Qué incivilizados estamos en España! Estas cosas deberían estar prohibidas. Es para pegarle un tiro.” E hizo así, con la mano, el gesto de disparar una pistola. El pobre demente le dijo: “Antes de que me mate usted a mí lo mato yo a usted”, y salió corriendo. El dueño del bar se molestó. Alegó que debió callarse, porque aquel demente era de una familia amiga… Estaban los dos discutiendo sin acritud, con naturalidad. Mi amigo se disculpó: “Si yo llego a saber eso no le digo nada. Pensé que era un vulgar gamberro provocador, de estos que no respetan…” En ese momento entró el demente con una escopeta de caza, le puso el cañón en el pecho y le dijo: “Antes de que me mate usted a mí lo mato yo a usted”, y le soltó dos perdigonadas.

El peluquero concluyó su relato con dos hondas exclamaciones:

― ¡Qué triste morir por un berrinche! ¡Y qué triste morir por entrometido!

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